Columna opinión

Innovar entre bosques y algoritmos: el gran desafío de nuestra industria.

Bernardita Araya

Gerente 

CMPC Ventures


Durante décadas, la industria de la celulosa y el papel ha demostrado una notable capacidad de adaptación. Sin embargo, los desafíos actuales son distintos: avanzan más rápido, son más complejos y ocurren simultáneamente.

Tres grandes fuerzas están redefiniendo nuestro sector. La primera es la digitalización. Aunque suele asociarse a la disminución de ciertos papeles tradicionales, también está generando nuevas oportunidades. El crecimiento del comercio electrónico impulsa la demanda por embalajes, mientras que la inteligencia artificial, la automatización y el análisis de datos están transformando la productividad y la toma de decisiones.

La segunda fuerza es el cambio en el comportamiento social. Hoy los consumidores no solo evalúan precio y desempeño; también consideran el origen de los productos, su reciclabilidad, su huella ambiental y la coherencia de las empresas que los fabrican. El tránsito “de lo fósil a la fibra” ya es una realidad que abre espacios para nuevos materiales y propuestas de valor.

La tercera es la sostenibilidad. El cambio climático, la necesidad de cadenas de suministro más transparentes y la búsqueda de materias primas alternativas están modificando las reglas del juego. Para una industria basada en recursos renovables, esto representa tanto una responsabilidad como una oportunidad.

En este contexto, la innovación deja de ser una opción y se convierte en una capacidad estratégica. Pero innovar no significa solo desarrollar nuevos productos. También implica mejorar procesos, incorporar tecnologías, explorar mercados, construir alianzas y probar nuevas formas de crear valor.

Aquí surge uno de los mayores desafíos: encontrar el equilibrio entre explotar lo que ya hacemos bien y explorar aquello que podría definir nuestro futuro. Debemos seguir perfeccionando nuestras operaciones, pero también dedicar recursos y talento a iniciativas cuyo resultado es incierto.

La innovación exige una mentalidad distinta. Mientras la operación busca reducir la incertidumbre, la innovación aprende a gestionarla. No se trata de apostar ciegamente por ideas disruptivas, sino de generar evidencia, probar hipótesis, aprender rápido y adaptarse.

Por eso, las preguntas clave no son solo qué tecnología adoptar o qué producto desarrollar. Debemos preguntarnos también qué queremos liderar, cuánto estamos dispuestos a cambiar y si tenemos la paciencia y el coraje para avanzar cuando las respuestas aún no son evidentes.

Las industrias que perduran no son las que predicen el futuro con mayor precisión, sino las que desarrollan la capacidad de prepararse para distintos futuros posibles. En nuestro sector, el desafío no es elegir entre eficiencia o innovación, entre presente o futuro. El verdadero desafío es avanzar en ambos frentes al mismo tiempo. Porque la innovación, por sí sola, no transformará la industria; lo harán la visión, la colaboración y la ejecución.